¡Padre!
En la despedida
y tras un intento fallido
de preparar tu cuerpo
aún caliente
para un viaje infinito
que ya has iniciado,
sintiéndote marchar,
tendido
sobre el frío mármol,
pongo mi mirada ausente
en la memoria
de una imagen reciente;
y también en el pensamiento
de las horas que nos esperan
tras tu muerte.
El ciclo continúa
en el recuerdo de una joven
sujetada por la anciana;
de la anciana sujetada
por la muerte.
Por la muerte
que sostiene,
a la vez,
un reloj de arena
que marca
el incontrolable paso del tiempo
y el asta rota
que zigzagea,
como los trozos
de una vida entera.
A sus pies
la infancia,
el punto de inicio señalado
por la lanza,
primer eslabón de la cadena.
Al fondo
el árbol ya seco
y las figuras combatientes:
a galope
fuera de las murallas;
a pie
en la torre destruida
de un castillo derruido;
a rastras
en el escaso cauce
de un río sin corriente.
Un mundo violento y putrefacto.
Sobre el agrietado suelo
nos mira con énfasis
la lechuza,
invocando la divina sabiduría
que pretende enseñarnos
el camino
de la divina providencia;
por encima de las montañas,
en el cielo,
un Cristo
asciende directo
hacia la luna
marcada por la cruz
que le está esperando.
¡Padre!
Una esperanza para ti
al abandonarnos,
a pesar de nuestra distancia
a la fe de las divinas creencias.
Al fin y al cabo
esa Cruz
que asciende
hacia las estrellas
siempre estuvo en tu cabecera.
Mientras aquí,
aún más empujados
por tu ausencia,
como nos enseñaste
estaremos para sujetarnos
en los difíciles días
y esperar
-como tanto deseaste-
el nuevo eslabón
infantil
de la cadena.
.jpg)
